La rueca, la fábrica, la casa
En el último post en Ig les compartía sobre la cantidad de tiempo que insumía en la antigüedad la tarea de hilar y lo utilizaba para comparar con el tiempo que pasamos frente a nuestros celulares, para reflexionar un poco sobre qué hacemos con nuestro tiempo, porque ese tiempo y la atención que dedicamos a estos dispositivos está siendo cooptada por empresas multimillonarias que se benefician de esto mientras nosotras, a diferencia de ellas, generamos daños cognitivos importantes. Pero hoy quiero dejar eso de lado y centrarme en otra cosa que también traía en ese post: las reuniones de las hilanderas.
Me interesó tirar de este hilo porque buscando imágenes de esas reuniones me encontré con la primera representación visual conocida de una Spinnstube, un grabado de 1524, y cuando fui a ver quién lo había hecho me sorprendí: era Sebald Beham, de Núremberg. El mismo grabador que retrató la Fortuna girando su rueda, la imagen que usé a principios de este año para hablar de lo que llamé la rueca de la Fortuna.. El mismo hombre. No sé si es una coincidencia o un hilo que estaba ahí esperando ser visto, pero ese hallazgo me pidió seguir tirando.
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El grabado de Beham estaba dentro de un trabajo de Alison G. Stewart, una historiadora del arte que analiza la cultura juvenil y las costumbres rurales de cortejo medieval en el norte de Europa a través del estudio lingüístico. Sé que suena nerd, pero lo que propongo es que miremos juntas algunas palabras que fueron cambiando a lo largo de los siglos, porque esas palabras son testigos de algunos de los cambios sociales que más afectaron a las mujeres. Y creo que cuando las ponemos en serie, lo que aparece es un movimiento que va mucho más allá de la etimología: es el movimiento de un mundo que fue desplazando a las mujeres de la autonomía al control, de la visibilidad a la invisibilidad, de la reunión al aislamiento.
Stewart muestra que lo que sucedía en estos encuentros para hilar excedía con mucho la producción. Solían participar las mujeres jóvenes para contribuir con la economía familiar, y eso hacía que los jóvenes se acercaran con la intención de interactuar, arrimaban unos tragos, unas canciones, y se iba armando algo parecido a una fiesta. Este era uno de los pocos espacios que operaba fuera de la vigilancia de la familia y de la Iglesia, y eso no es un dato menor. Lo que el estudio lingüístico de esa época revela es que lo que sucedía en estas reuniones estaba fuertemente ligado a lo sexual, algo que hoy nos resulta sorprendente por la imagen cristalizada que tenemos de lo textil como algo doméstico, dócil, femenino en el sentido más reducido de la palabra. La palabra spinnen, hilar, cargaba en el siglo XV en alemán coloquial alusiones veladas al sexo y al encuentro erótico. La forma del huso funcionaba como metáfora fálica, el giro de la rueca como imagen del encuentro de los cuerpos. El poeta y zapatero Hans Sachs, contemporáneo de Beham en Núremberg, describió en varias obras lo que ocurría en las Spinnstuben: se hablaba, se cantaba, se bebía, se bailaba, se vaciaban nabos, y los nabos, señala Stewart, tampoco eran inocentes en ese vocabulario visual. Incluso había un término específico para los niños concebidos en esas reuniones invernales: los Brechelkinder, "hijos de la noche del hilado."
Un año después de ese grabado, Núremberg se vuelve oficialmente luterana, y el consejo de la ciudad, compuesto exclusivamente por hombres de familias patricias, empieza a legislar contra las Spinnstuben en 1526. Las multas eran sustanciales: diez libras antiguas para quien viniera de otro pueblo, el equivalente al costo mínimo de un abrigo nuevo o a diez días de salario de un carpintero. Las mujeres salieron a protestar porque este oficio era el que permitía a muchas familias rurales subsistir económicamente, y las reuniones no se pudieron prohibir del todo, pero lo que se logró fue designar un Lichtherrn, un "vigilante de la luz" que estaba presente para que no sucedieran las prácticas que consideraban poco morales. El hombre empieza a legislar estos espacios. El lenguaje del decreto habla de "padres" controlando a sus "hijas". No es una metáfora, es la palabra literal que eligieron.
Y acá es donde se empieza a ver el movimiento que quiero mostrar.
La hilandera bajo la luna
Hay una carta del tarot que me acompaña hace tiempo y que en este punto cobra un sentido nuevo. En la carta de La Luna del tarot de Jacques Viéville, creada en París alrededor de 1650, no hay lobos ni aguas inquietas: aparece solo una mujer hilando bajo la luna llena. Las hilanderas hilaban cuando había luna llena porque la luz de la luna les permitía trabajar sin gastar aceite y hay algo en esa imagen que concentra muchas cualidades que se pueden tejer entre el hilo y lo lunar: lo cíclico, lo nocturno, lo femenino, la repetición que transforma, el trabajo que sigue su propio ritmo como las fases.
Lo que me interesa de esta carta es que permite ver cómo el movimiento que estaba ocurriendo en la sociedad queda registrado en el imaginario del tarot. En los mazos del siglo XVI, la hilandera aparece en la carta del Sol: visible, luminosa, central. En el siglo XVII, en la Luna de Viéville, ya está relegada a la oscuridad nocturna, aunque todavía hilando. Y en el tarot de Marsella del siglo XVIII, desaparece por completo. Del sol a la luna, de la luna a la nada. El tarot va registrando la misma degradación que la lengua va codificando.
Porque es en ese mismo período cuando spinster, en inglés "hilandera", empieza a hacer un giro hacia significar solterona. Y si miramos el contexto económico se entiende por qué. Después de la caza de brujas, las mujeres que no se casaban perdían el acceso al sustento económico que supuestamente iba a proveer un marido. Lo único que podían hacer era lo que había sido asignado a su género y que sabían hacer bien: hilar. Les daba poco dinero, pero les daba algo. Entonces la hilandera empezó a ser sinónimo de la mujer que no encontró marido. Un oficio que antes estaba asociado a la vida erótica y colectiva de las Spinnstuben terminó codificando lo que la sociedad consideraba un fracaso. Del doble sentido erótico del spinnen al estigma de la spinster, la lengua fue haciendo el mismo trabajo que las leyes y los vigilantes de la luz.
Porque es en ese mismo período cuando spinster, en inglés "hilandera", empieza a hacer un giro hacia significar solterona. Y si miramos el contexto económico se entiende por qué. Después de la caza de brujas, las mujeres que no se casaban perdían el acceso al sustento económico que supuestamente iba a proveer un marido. Lo único que podían hacer era lo que había sido asignado a su género y que sabían hacer bien: hilar. Les daba poco dinero, pero les daba algo. Entonces la hilandera empezó a ser sinónimo de la mujer que no encontró marido. Un oficio que antes estaba asociado a la vida erótica y colectiva de las Spinnstuben terminó codificando lo que la sociedad consideraba un fracaso. Del doble sentido erótico del spinnen al estigma de la spinster, la lengua fue haciendo el mismo trabajo que las leyes y los vigilantes de la luz.
En Bordados (2003), Marjane Satrapi cuenta exactamente lo que pasa cuando las mujeres se quedan solas. Es la tarde en Teherán, los hombres duermen la siesta después del almuerzo, y las mujeres de la familia, la abuela, la madre, las tías, las vecinas, se juntan alrededor del samovar a hablar. La abuela lo dice con una frase que podría ser el epígrafe de todo este post: "Hablar a espaldas de los demás es el ventilador del corazón." Lo que sigue es una conversación sobre sexo, matrimonio, virginidad, cuerpo, miedo, deseo, todo lo que en ningún otro espacio se podía decir. Satrapi eligió llamar a ese libro Bordados porque en persa la palabra tiene tres acepciones: el bordado que se le hace a un tejido, el cotilleo que se cuenta, y la reconstrucción quirúrgica del himen para simular virginidad. Las tres cosas a la vez. Coser, hablar, fingir.
Lo que Satrapi muestra es que esos espacios de reunión femenina siguieron existiendo incluso bajo la República Islámica, adaptándose, escondiéndose, aprovechando los intersticios del control. Y que lo que se dice adentro no es chisme sino conocimiento: sobre el cuerpo, sobre las relaciones, sobre cómo sobrevivir. Rozsika Parker, en The Subversive Stitch, ya había señalado esta doble condición del bordado y de los oficios textiles asignados a las mujeres: son al mismo tiempo el instrumento de la opresión (el mandato de feminidad, la reclusión doméstica, la labor no remunerada) y el refugio desde donde se resiste. Cada vez que una mujer borda, hila o teje en compañía de otras, está simultáneamente cumpliendo el rol que se le asignó y creando un espacio que puede escapar al control de ese mismo rol. Es ese doble filo el que hace que la historia del textil sea tan difícil de contar sin caer en la idealización o en la denuncia: siempre es las dos cosas a la vez.
De las habitaciones de luz a las fábricas
Cuando las Spinnstuben fueron prohibidas y el cercamiento de las tierras comunales avanzó, muchas mujeres dejaron el entorno rural y se trasladaron a las ciudades. Friedrich Engels lo describe en La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845): antes de la introducción de la maquinaria, el hilado y el tejido se hacían en el hogar, la esposa y la hija hilaban el hilo que el padre tejía, y estas familias vivían en el campo, en las cercanías de los pueblos. La maquinaria destruyó ese mundo. Los salarios del hilado manual cayeron, muchas mujeres rurales que antes hilaban quedaron desempleadas, y lo que Engels llama "la victoria del trabajo mecánico sobre el trabajo manual" produjo una multiplicación acelerada del proletariado y la destrucción de toda seguridad de empleo para la clase trabajadora. Lo que las esperaba en la ciudad no era un nuevo espacio de encuentro sino la fábrica textil. En las hilanderías y tejedurías inglesas del siglo XIX las mujeres trabajaban turnos de doce horas o más, explotadas incluso más que los hombres, cobrando la mitad por el mismo trabajo, en un ruido constante que hacía imposible conversar. El hilado seguía siendo de mujeres, pero todo lo que lo había rodeado durante siglos, la charla, el canto, la información compartida, el cuidado mutuo, se había evaporado.
Y sin embargo, algo de aquella fuerza colectiva que venía de muy atrás sobrevivió. Tal vez fue en los descansos, tal vez en los caminos de vuelta a casa, tal vez en los cuartos compartidos de las pensiones obreras, pero en algún momento las mujeres volvieron a charlar entre sí y en esa charla empezaron a darse cuenta de que lo que les pasaba no era individual sino compartido, y que podían protestar.. Y lo que hace falta recordar es que los sindicatos existentes, históricamente, no aceptaban mujeres. Las obreras tuvieron que inventar sus propias formas de organización porque las que existían las excluían, del mismo modo en que siglos antes los gremios habían cerrado sus puertas a las hilanderas. La estructura se repite: las mujeres son expulsadas del espacio oficial y entonces crean el propio.
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Mientras las obreras luchaban por crear sindicatos que las incluyeran, hubo otra mujer que peleó desde otro lugar por restaurar la dignidad del trabajo textil hecho a mano. May Morris, hija del diseñador y socialista William Morris, se convirtió a los veintitrés años en directora del departamento de bordado de Morris & Co., donde las trabajadoras recibían un salario justo, algo insólito en una época en que las obreras textiles cobraban lo que se llamaba un "salario agonizante". May elevó el bordado de oficio doméstico a forma de arte, publicó en 1893 Decorative Needlework, un tratado donde describía el diseño como "la esencia misma del bordado bello", enseñó en escuelas de arte por toda Inglaterra, y viajó a Estados Unidos a dar conferencias sobre textiles históricos. Pero sus diseños para Morris & Co., incluyendo el célebre papel Honeysuckle, fueron sistemáticamente atribuidos a su padre. En 1907 fundó el Women's Guild of Arts porque el Art Workers Guild no admitía mujeres. Vivió sus últimos años en Kelmscott Manor con su compañera Mary Lobb, y alguna vez se describió a sí misma como "una mujer notable, aunque ninguno de ustedes pareció notarlo".
Lo que me interesa de May Morris es que no trabajaba sola. Su taller era un espacio de formación y de encuentro donde las bordadoras aprendían, diseñaban y producían juntas, y donde se les pagaba con dignidad. El Women's Guild of Arts fue precisamente eso: un espacio de reunión para mujeres artesanas que habían sido excluidas de los gremios masculinos. May creó lo que las Spinnstuben habían sido siglos antes y lo que la fábrica había destruido: un lugar donde el trabajo manual compartido generaba al mismo tiempo objetos bellos y redes de solidaridad.
Ni Dios, ni patrón, ni marido
Ese mismo hilo cruzó el Atlántico y llegó al Río de la Plata. Virginia Bolten, obrera del calzado y de la Refinería Argentina de Azúcar en Rosario, hija de un inmigrante alemán que había dejado Europa tras las revoluciones de 1848, dedicó su vida a hacer con las trabajadoras exactamente lo que las Spinnstuben habían hecho siglos antes: crear espacios donde las mujeres pudieran juntarse, hablar entre sí y pensar colectivamente qué hacer con sus condiciones de vida. En 1896 fundó La Voz de la Mujer, el primer periódico anarcofeminista de América Latina, cuyo lema era "Ni Dios, ni patrón, ni marido", escrito entre varias obreras que denunciaban no solo la explotación patronal sino también a sus propios compañeros anarquistas por predicar la libertad mientras ignoraban la opresión de las mujeres. En 1904 organizó sociedades de resistencia en el rubro textil en Buenos Aires, juntando a las trabajadoras del mismo modo en que las hilanderas se habían juntado alrededor del candil.
Deportada a Uruguay, su casa en Montevideo se convirtió en lo que tal vez podríamos llamar una Spinnstube rioplatense: un espacio donde las mujeres se reunían, organizaban, conspiraban, se cuidaban. Junto a María Collazo impulsó el movimiento Emancipación, que convocaba a obreras y se reunía en la sede del sindicato de electricistas. Su bisnieta cuenta que la casa fue siempre un espacio abierto para los desamparados. Lo que me interesa de Bolten no es tanto la biografía heroica como la estructura de lo que hacía: organizar reuniones, juntar gente, tejer redes. La fuerza de Bolten no era solo su voz encendida sino la trama que tejía alrededor, y esa trama tiene una genealogía que se remonta mucho más atrás de lo que solemos contar.
Amiga, ¿llegaste?
Hay un mensaje que las mujeres nos mandamos cada noche por teléfono y que condensa todo lo que vengo diciendo en este post. “Amiga, ¿llegaste?” No es una pregunta trivial ni una cortesía. Es un acto de supervivencia. Es la versión contemporánea de algo que las mujeres vienen haciendo desde hace siglos: cuidarse entre sí en un mundo que las mata, las viola, las desaparece. Las hilanderas que se juntaban a hilar de noche se estaban cuidando. Las mujeres que compartían saberes sobre plantas y sobre el cuerpo en los aquelarres se estaban cuidando. Las gossips medievales, las amigas íntimas, las que acompañaban en el parto y transmitían conocimientos de generación en generación, se estaban cuidando. La comunicación entre mujeres nunca fue un acto meramente social. Siempre fue, también, supervivencia.
Y eso es exactamente lo que se intentó destruir. Lo que Michelet llamó “la bruja es un crimen de su propia cosecha” significa exactamente eso: el poder inventó a la bruja para poder destruir a la mujer que sabía, que curaba, que se juntaba con otras, que no pedía permiso. Inventó el aquelarre para poder perseguir la reunión. Inventó el chisme para poder despreciar la conversación. Inventó a la solterona para poder castigar la autonomía.
Pienso en esto y pienso en las horas que pasamos frente a la pantalla, y lo que me inquieta ya no es tanto la cantidad de tiempo como lo que ese tiempo nos quita. Vivimos en una infoxicación constante: saturadas de datos, noticias, imágenes, opiniones, con la ilusión de estar informadas y conectadas cuando en realidad lo que se produce es fragmentación. Consumimos información sin procesarla, compartimos sin digerir, reaccionamos sin conversar. El celular nos da la sensación de estar en contacto con todo el mundo, pero no nos da lo que da el encuentro.
Elegir juntarse es, todavía, uno de los actos más soberanos que tenemos.
Elegir juntarse es, todavía, uno de los actos más soberanos que tenemos.
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Referencias Bibliograficas:
Virginia Postrel, The Fabric of Civilization: How Textiles Made the World, Basic Books, 2020.
Alison G. Stewart, "Distaffs and Spindles: Sexual Misbehavior in Sebald Beham's Spinning Bee", en Saints, Sinners, and Sisters: Gender and Northern Art in Medieval and Early Modern Europe, Ashgate, 2003.
Silvia Federici, Federici, Silvia, “On the Meaning of ‘Gossip’”, publicado en Witches, Witch-Hunting, and Women (2018).
Elizabeth Wayland Barber, Women's Work: The First 20,000 Years, Norton, 1994.
We Are Social / DataReportal, Digital 2024 Global Overview Report, 2024.