Las herramientas como parentesco
Hay algo en el aire de este año que me está interpelando de una manera muy concreta en mi práctica. Neptuno acaba de salir de Piscis después de catorce años y entrar en Aries, un tránsito que marca un pasaje de lo etéreo y lo disuelto hacia algo mucho más encarnado, material, activo. Marte, el regente de Aries, es también quien rige a la aguja, esa pequeña y potente herramienta que lleva miles de años entre nosotrxs. Y hoy la Luna está en Tauro, el signo más material del zodíaco, el que piensa con las manos y conoce a través del tacto. Difícil no leer en eso una invitación a volver a la materia con toda la atención.
Y al mismo tiempo, afuera, el mundo está en una carrera estupida y destructiva por lo que llaman “recursos”. El litio, el agua, la tierra, los minerales. La materia como botín, como territorio a conquistar, como cosa a extraer, explotar. Porque hemos perdido el vínculo.
Esas dos cosas juntas me hicieron volver, con más profundidad que nunca, a algo que siempre estuvo en el centro de mi práctica y a lo que le dediqué un capítulo entero en mi libro: las herramientas con las que trabajo. Pero este año algo se abrió en una dimensión nueva en esa relación.
Empecé a pensarlas, a partir de mis lecturas, no solo como instrumentos sino como parentesco. Cada herramienta condensa una historia larga, siglos de manos que las fueron refinando, de necesidades concretas, de cuerpos que trabajaron con ellas y las transformaron. Ese conocimiento acumulado nunca abstracto, está en la forma, en el peso, en cómo responden al contacto. Trabajar con ellas es entrar en una continuidad que me incluye y me precede, reconocer que ya estaba dentro de esa relación antes de empezar. Eso me abre siempre a una dimensión superior que elijo llamar espiritual o mística porque siento que algo se revela
Eso es lo opuesto a la extracción. La extracción toma sin reconocer, usa sin vínculo, produce sin historia. El parentesco material propone otra cosa: que la relación con los materiales y las herramientas es una relación de interdependencia, que tiene su propia lógica, sus propios tiempos, sus propias propuestas.
Y en ese vínculo ocurre algo que me resulta muy particular al trabajo textil. Las herramientas proponen sus propios límites, y en el diálogo entre lo que quiero hacer y lo que la herramienta permite o resiste algo se va modificando. La obra es el resultado de ese proceso de transformación mutua. Las transformo y me transformo. Cocreamos.
En un mundo que trata la materia como recurso a conquistar, elegir relacionarse con ella desde el parentesco y la escucha es también una posición. Este año quiero trabajar desde ahí.
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Si esto te resuena y querés seguir tirando del hilo, algunas pensadoras y artistas que están trabajando en esta dirección: Elvira Espejo y la crianza mutua, esa idea de que el textil andino no es producción sino cuidado recíproco entre la tejedora y la materia. Tania Pérez Bustos y su pensamiento sobre el textil como relación más que humana, donde la materialidad y la genealogía se unen. Donna Haraway y su invitación a seguir con el problema, a habitar las relaciones de interdependencia sin buscar resolverlas sino aprenderlas. Cecilia Vicuña, cuya obra trabaja el hilo y el quipu como formas de conocimiento vivo, relacional y en permanente transformación. Silvia Federici y su propuesta de reencantamiento del mundo, una recuperación de la relación no extractiva con la materia y los comunes. Y el Material Kinship Reader, editado por Clementine Edwards y Kris Dittel, que reúne voces muy diversas pensando exactamente esto: qué significa estar en parentesco con la materia.
Si te interesa profundizar en las herramientas del bordado específicamente, sus usos e historia, hay un capítulo entero dedicado a ellas en mi libro, junto a unos altares que funcionan como separadores de capítulos y que son también una forma de honrarlas.