Año nuevo, hilo nuevo: La rueca de la fortuna
Feliz año!
Este comienzo me encontró reflexionando sobre el 2026, y quería compartirles algunas de esas reflexiones que se van cruzando también con cosas que vengo trabajando y conversando en las clases.
Traigo esto porque el año 2026, en numerología, coresponde al 10, y el diez, en el tarot, corresponde a La Rueda de la Fortuna.
Pero en numerología los numeros de dos digitos se vuelven a sumar (salvo que sean 11,22,33…) para reducirlo. un digito, y cuando hacemos esto, vemos que la energía del año será el 1: que en el tartot corresponde al Mago, el inicio, la potencia primera.
Esta doble condición , de ser 10/1, de final e inicio, de cierre y comienzo, ya nos habla de una lógica no lineal. La A mi me gustaría quedarme en la carta de la Rueda de la fortuna porque es una carta bastante particular.
En ella aparece un artefacto, un dispositivo, una tecnología humana, acompañada muchas veces por figuras animales. Las representaciones varían, pero lo que da sentido a la carta es el símbolo de la rueda y el movimiento.
Las imágenes del tarot, sobre todo en los mazos clásicos que se consolidan a partir del siglo XV, no inventan símbolos nuevos, sino que cristalizan imaginarios mucho más antiguos.
Antes de ser carta, la Rueda fue diosa. Fortuna. Tykhé.
La carta de la Rueda de la Fortuna tiene su origen en una divinidad femenina relativamente tardía, vinculada a los oráculos, a las ciudades y a la administración de lo imprevisible. En el mundo griego, Tyche es una diosa sin mito propio, sin genealogía clara: una fuerza más que una narración. Tutela ciudades, porta cornucopia, timón, corona de torres, y encarna una mezcla inquietante de providencia y casualidad.
En Roma, Fortuna se convierte en una verdadera tecnología simbólica para pensar el gobierno de lo humano: rige la abundancia, el comercio, la navegación, el ascenso y la caída social.
Con el cristianismo, esta diosa ambigua es despojada de su carácter sagrado y reinterpretada como instrumento de la Providencia divina.
Es en la Edad Media tardía cuando su imagen se condensa definitivamente en la Rueda: una máquina simbólica que gira sin detenerse, elevando y hundiendo cuerpos (reyes y mendigos, clérigos y campesinos) y haciendo visible, la radical inestabilidad del orden terrenal.
Esta proliferación de la Rueda de la Fortuna entre los siglos XIII y XV no es casual. Responde a un mundo atravesado por crisis: pestes, guerras, colapsos económicos, movilidad social incipiente. La rueda ofrece una pedagogía visual poderosa: nada es estable, todo puede caer, y por lo tanto no hay derecho adquirido sobre la prosperidad.
Cuando el tarot cristaliza esta imagen en el siglo XV, no inventa un símbolo nuevo, sino que recoge una memoria largamente trabajada. Fortuna ya no es solo diosa ni solo alegoría moral, sino una fuerza impersonal que gira. La carta hereda así siglos de pensamiento sobre el tiempo, el destino y la precariedad de lo humano, condensando en una imagen mecánica (una rueda accionada) la intuición profunda de que la vida no avanza en línea recta, sino por ciclos, giros y retornos.
Volviendo a la carta del tarot, en la imagen clásica que les comparto ya no vemos a la diosa, sino un dispositivo tecnológico creado por humanos y unas figuras animales que suben y bajan.
Rueda de la fortuna Tarot La restauración del Tarot de Marsella realizada por Alejandro Jodorowsky y Philippe Camoin se publicó oficialmente en 1997.
Esta reconstrucción fue el resultado de un trabajo de investigación en el que se recuperaron símbolos y colores originales que se habían perdido con el paso del tiempo, basándose en la tradición de la familia Camoin, maestros naiperos en Marsella desde 1760
La Fortuna. Sebald Beham (Alemania, 1541) British Library 1882.0812.346
Siempre me llamó la atención ese artefacto extraño que aparece en la carta: una rueda con manivela, un mecanismo que no parece corresponder a nada.
Hasta que pensé en la rueca.
La rueca también gira.
Hila.
Toma fibras sueltas y las vuelve continuidad. En muchas mitologías, el hilo es la vida, el tiempo, el destino. Las Moiras hilan, las Nornas tejen.
El hilo siempre habla del tiempo, pero no de un tiempo recto, veloz, como flecha , el tiempo moderno, sino de un tiempo espiral. Las fibras nacen de la torsión, de segmentos cortos que se unen en una danza de pequeños finales e inicios para volverse una medida mayor: de tiempo, de vida.
Con la Rueda de la Fortuna, la transformación no se da por avanzar en línea recta, sino por repetición, por giro, por insistencia. Cada vuelta no es idéntica a la anterior. Siempre hay una mínima diferencia. Ahí ocurre la transformación. La rueda, como tecnología arcaica, no elimina el trabajo. Lo redistribuye. Lo vuelve continuo. Hace que la fuerza necesaria sea menor.
La rueda alivia el cuerpo, pero también vuelve el esfuerzo menos visible.
Antes que permitir el movimiento de traslación, el invento de la rueda vino a disminuir el esfuerzo, a volver una fuerza inicial más potente. No elimina la fuerza: la distribuye. Entonces parece que la manivela va sola, que hay un impulso inicial y luego todo gira con un pulso propio, rítmico, repetitivo.
Esto me hace pensar que muchas veces la fuerza que produce los cambios queda invisibilizada. Durante siglos, esa fuerza fue adjudicada a Dios, pero también podemos entenderla como el eco de nuestras acciones: gestos que se repiten, decisiones que producen efectos, aunque ya no recordemos el momento exacto en que se pusieron en marcha.
Un día estamos arriba, otro abajo, y sentimos que tenemos poca agencia.
Pero me gusta pensar esta carta desde otro lugar: si le damos agencia y confianza a esa fuerza que movió nuestro camino, podemos soltarnos y fluir.
La pregunta no es cómo seguir empujando la rueda, porque una vez que gira, gira.
La invitación, creo, es otra: habitar el centro, el eje de la rueda no se mueve.
Ese centro, esa coherencia interna, confía en las fuerzas que nos trajeron hasta donde estamos, incluso cuando sentimos que un ciclo se cerró. Algo muere, y necesariamente algo nace.
La rueda es la imagen del continuo: nada de lo que parece un final es realmente un final, sino un comienzo.
Después de esta carta viene La Fuerza, que nace justamente de ese impulso.
Si este año es una rueda, tal vez no se trate de subir ni de bajar, sino de entender el movimiento.
La rueda no avanza en línea recta: gira.
Y en ese giro hay repetición, pero nunca identidad absoluta. Cada vuelta trae una mínima diferencia. Así sucede el cambio. Pensar el tiempo como espiral nos invita también a mirar qué gestos repetimos, qué hilos volvemos a tomar una y otra vez, qué fuerzas sostenemos sin darnos cuenta.
Porque la rueda gira a partir de un impulso inicial, pero ese impulso no queda concentrado: se redistribuye. Se reparte en el giro, en el ritmo, en los distintos puntos del recorrido.
Tal vez la invitación de este ciclo sea esa: preguntarnos qué fuerza queremos poner en movimiento, qué impulso vital deseamos accionar para que luego se multiplique, se transforme y vuelva de otra forma. Como en el textil, una fuerza mínima puede sostener un tejido entero. Un hilo tensado en el punto justo organiza la trama. Habitar el centro no es quedarse quietas, es confiar en el eje mientras todo gira. Honrar los cierres, reconocer los comienzos, y recordar que nada de lo que parece un final es definitivo, sino parte de un continuo más grande.
Que el giro nos encuentre presentes.
Que el hilo nos sostenga.
Feliz comienzo de ciclo.
Rueca circa 1600