Leer la tela, encontrar la araña.
Aracnología retrógrada
Mercurio está retrógrado en Piscis.
Para quienes no siguen la astrología, Mercurio es el planeta de la escritura, la voz, la firma, el texto. Cuando retrograda, nos invita a volver: a releer, a recuperar lo que pasó desapercibido, a prestar atención a los mensajes que nadie escuchó la primera vez. Y Piscis es justamente el signo de lo disuelto, de lo que se diluyó en lo colectivo sin nombre, sin bordes, sin autoría.
Hoy, específicamente, ese Mercurio retrógrado se toca con el Nodo Norte, que en astrología representa la dirección hacia donde el colectivo está siendo llamado, lo que falta integrar, lo que todavía no fue reconocido pero necesita serlo.
Para avanzar, primero hay que recuperar las voces que se perdieron: Y ese movimiento es exactamente de lo que vamos a hablar hoy.
La vez pasada terminábamos con una idea de Victoria Mitchell que me quedó dando vueltas, y que tiene que ver con algo que parece muy simple pero que a mí me resulta cada vez más significativo: que texto, textil y techne comparten raíz en el latín texere, tejer. Y que esa raíz común no es una coincidencia poética sino una evidencia de algo mucho más profundo, que es que hacer y pensar nunca estuvieron separados, que el sentido emerge del proceso, del gesto, del cuerpo en contacto con la materia.
Esa conexión me sigue pareciendo hermosa. Y al mismo tiempo, cuando seguí tirando del hilo, empecé a ver algo que me inquietó un poco.
La teoría literaria de la segunda mitad del siglo XX tomó exactamente esa raíz que señala Mitchell y la convirtió en una metáfora muy poderosa para pensar la escritura, el lenguaje, la producción de sentido. Barthes, Derrida, Foucault hablaron del texto como tejido, de la trama como estructura del significado, y hay algo en esa imagen que efectivamente captura algo real sobre cómo funciona el lenguaje. Pero en ese movimiento de celebrar la tela, el pensamiento teórico fue borrando, casi sin querer, a la tejedora.
La crítica literaria Nancy K. Miller lo señala en su ensayo "Aracnologías" de una manera que a mí me resultó muy iluminadora: cuando la teoría elige la telaraña sobre la araña, cuando se queda con el proceso y disuelve al sujeto que lo sostiene, está haciendo una elección que no es neutral, aunque se presente como tal. Y hay una ironía histórica en todo esto que Miller tampoco deja pasar, que es que ese movimiento de declarar la muerte del autor, de decretar que el sujeto era una ilusión y que lo que importaba era el texto y no quien lo escribió, ocurrió justo en el momento en que las mujeres empezaban a llegar a la academia, a firmar textos, a reclamar un lugar en el canon literario. Justo cuando ellas conquistaban el derecho a tener nombre, se decretó que el nombre no importaba.
Y eso cambia bastante las cosas, porque disolver la autoría no tiene el mismo peso para quien siempre tuvo nombre y siempre firmó que para quien acaba de conquistar ese derecho.
Frente a eso, Miller propone otra forma de leer, una práctica que ella llama overread: leer los textos de mujeres como si nunca hubieran sido leídos, como si fuera la primera vez, sin dar por sentado lo que ya sabemos que hay ahí sino abiertos a encontrar lo que la lectura dominante no vio o descartó. Prestar atención a los momentos donde el texto representa su propia producción, donde aparece algo que excede la función, una marca que habla del acto de hacer y que por eso mismo revela algo sobre quién estaba detrás. Y sobre todo anclar esa lectura a lo que Woolf ya había dicho antes que todos: que la ficción es como una tela de araña, unida a la vida en sus cuatro esquinas, y que cuando esa tela se tuerce uno recuerda que no fue hilada en el aire por criaturas incorpóreas sino que es el trabajo de seres humanos, atada a cosas groseramente materiales, como la salud, el dinero y las casas en que vivimos.
Ese gesto, aplicado al textil, abre algo muy interesante.
La maldición de Atenea
En el libro VI de las Metamorfosis, Ovidio cuenta la historia de Aracné, una joven tejedora de origen humilde que desafió a Atenea en un concurso de tejido. Lo que Aracné tejió no fue decoración ni demostración de técnica: fue un tapiz que denunciaba los crímenes de los dioses contra las mujeres, una obra con contenido, con posición, con algo que decir. Y Atenea, que no pudo objetar la calidad de la pieza, destruyó la tela y condenó a Aracné a seguir tejiendo, pero convertida en araña, fuera de la representación, fuera del arte, fuera del nombre.
A mí ese gesto me parece algo más que un castigo individual dentro de un mito. Siento que fue, simbólicamente, el momento en que el textil quedó del otro lado de una línea, del lado de la artesanía, de lo menor, de lo anónimo, y que esa separación tuvo consecuencias larguísimas que todavía podemos rastrear. Sacar a Aracné del campo del arte por atreverse a denunciar fue también el inicio de una historia en la que el textil quedó asociado a la repetición de formas, patrones, técnicas, vaciado de contenido, de voz, de historias propias, como si las manos que bordan no tuvieran nada que decir sino solo algo que reproducir, como si el anonimato histórico de la mayoría de las piezas textiles que conocemos fuera simplemente natural y no el resultado de algo.
Y lo interesante es que el anonimato de la artesanía y el anonimato de la teoría terminan produciendo el mismo efecto: una tela sin tejedora, un objeto sin condiciones, una tradición sin historia.
Lo que está inscripto en la trama
Durante siglos las mujeres produjeron textiles en el espacio doméstico, los ajuares, los manteles, los bordados que pasaron de mano en mano sin que nadie pensara en preguntar quién los hizo, piezas que no tienen firma porque nadie consideró que hiciera falta, porque lo que importaba era el objeto, la función, la tradición, no la persona detrás.
Pero si leemos esas piezas como propone Miller, prestando atención a lo que excede la función, a lo que no tenía por qué estar ahí y está, a las marcas que hablan del acto de hacer y de quien lo sostuvo, esas piezas se vuelven otra cosa. El diseño que se desvía levemente del patrón, el color que no era el esperado, lo decorativo que responde a ostentar algo o quizás a desearlo, todo eso empieza a hablar de condiciones concretas, de clase, de tiempo disponible o robado, de lo que una mujer podía permitirse expresar y de lo que no.
Uno de los ejemplos que más me interpela es el de los ajuares bordados antes del matrimonio, que dejaban la inicial del apellido del futuro marido sin rellenar, a la espera. Sin embargo algunos de esos ajuares los encontramos hoy con esa inicial todavía vacía, y esa ausencia no es un error ni un olvido sino una historia entera que no sabemos leer todavía del todo, una boda que no ocurrió, una ruptura, una muerte, una decisión que nunca sabremos si fue propia o impuesta, y que está ahí, en el hilo, sin que nadie la haya escrito.
Trabajo muchas veces con este tipo de piezas, manteles, pañuelos, bordados que me traen, que llegan por herencias, que alguien guardó sin saber muy bien por qué y en algún momento decide sacar a la luz. Y cuando los tengo en la mano inevitablemente los doy vuelta, porque el reverso de un bordado es uno de los documentos más honestos que conozco. Ahí está la mano de quien lo hizo sin la mediación de la presentación, sin el gesto de mostrar, y se puede ver qué quiso esconder y qué no, cómo remató las puntadas, si economizó el hilo o se permitió ser generosa con él, si el recorrido entre una zona y otra fue directo o cauteloso. Todo eso empieza a traer información sobre quien estuvo ahí, sobre cómo era su relación con el tiempo, con el material, con la propia práctica.
Y a veces se nota todavía el papel carbónico que se usó para transferir el diseño, o las marcas de haber dibujado directamente sobre la tela, y eso también dice algo sobre el acceso que tenían a determinados recursos, sobre cómo llegaban los patrones, si los copiaban de revistas, si los intercambiaban con otras mujeres, si los adaptaban a lo que tenían disponible. Uruguay siempre fue un lugar muy particular en relación al acceso a materiales, y eso se nota en las piezas, en la inventiva para reproducir algo con lo que había, en las sedalinas que reemplazan otros hilos, en las soluciones que no estaban en el patrón original pero que funcionan igual o mejor. Los diseños también hablan de la época y del lugar, si eran florales o geométricos, si tendían a la simetría o se permitían algo más libre, qué imaginario estético circulaba en ese momento y en ese contexto social, qué se consideraba apropiado bordar y qué no.
Cada una de esas decisiones, aunque parezcan menores, son exactamente las marcas que Miller propone buscar, esos momentos donde la pieza excede su función y empieza a revelar algo sobre la subjetividad de quien la hizo, sobre las condiciones en que vivía, sobre lo que podía permitirse y lo que no. Volver a esas mujeres a la primera línea es aprender a leer de esa manera, a buscar en cada pieza no solo lo que se hizo sino quién lo hizo, desde dónde, con qué libertad y con qué límites.
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Nancy K. Miller es una crítica literaria y teórica feminista estadounidense, nacida en Nueva York en 1941. Se doctoró en francés en la Universidad de Columbia y es profesora distinguida de literatura inglesa y literatura comparada en el Centro de Graduados de CUNY. Wikipedia En 1981 se convirtió en la primera integrante titular a tiempo completo del programa de Estudios de la Mujer en el Barnard College, del que fue directora. Wikipedia Su trabajo se mueve en la intersección entre la crítica feminista, la escritura de mujeres y, más recientemente, la memoria y el trauma.
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"Aracnologías: la mujer, el texto y el crítico" es un ensayo de 1986, publicado originalmente en The Poetics of Gender y luego incluido en su libro Subject to Change: Reading Feminist Writing (Columbia University Press, 1988), donde ocupa las páginas 77 a 101. De Gruyter Brill
En el ensayo, Miller parte del mito de Aracné para construir un modelo crítico de lectura feminista al que llama overreading, una práctica que busca recuperar representaciones positivas de la autoría femenina que ya están presentes en los textos existentes pero que la lectura dominante no vio o descartó.Goldsmiths, University of London